Cómo funcionan las EDAR y por qué las lluvias intensas ponen a prueba el saneamiento urbano
AEOPAS calcula los daños en las infraestructuras hídricas en Andalucía en 8,5 millones de euros
Cómo funcionan las EDAR y por qué las lluvias intensas ponen a prueba el saneamiento urbano
Las EDAR (estaciones depuradoras de aguas residuales) son una de esas infraestructuras invisibles que sostienen la vida cotidiana de las ciudades. Sin embargo, su funcionamiento suele pasar desapercibido hasta que episodios extremos —como semanas de lluvias intensas— alteran su rendimiento y ponen en tensión el sistema de saneamiento. Entender cómo funcionan las EDAR permite comprender por qué estos eventos meteorológicos pueden afectar a la calidad del agua y a la gestión urbana.
Según explica el artículo original publicado en The Green Bee, las EDAR trabajan mejor cuando reciben un caudal relativamente estable de agua residual. Pero las lluvias prolongadas cambian ese equilibrio y generan picos o diluciones que complican los procesos biológicos de depuración.
La lógica del sistema comienza mucho antes de que el agua llegue a las depuradoras. Cuando el suelo ya no puede absorber más precipitación, el exceso acaba en ríos y redes de drenaje. Ese recorrido puede prolongarse durante semanas o incluso meses a través de toda la cuenca hidrográfica. Como resume Luis Babiano, gerente de la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento (AEOPAS): “La seguridad hídrica del litoral se decide en los territorios de cabecera”.
Esto significa que lo que ocurre en zonas de montaña o en la parte alta de una cuenca termina afectando a las ciudades situadas aguas abajo. Las crecidas y escorrentías arrastran sedimentos, residuos y materia orgánica que terminan entrando en el sistema de saneamiento urbano y, finalmente, en las depuradoras.
El impacto económico de estos episodios puede ser considerable. Un informe técnico citado en el reportaje calcula que los daños en los sistemas urbanos de agua de la provincia de Cádiz superan los 8,5 millones de euros. De esa cifra, 6,2 millones corresponden a infraestructuras de saneamiento como depuradoras, colectores o estaciones de bombeo dañadas por las crecidas.
Las EDAR constituyen el núcleo del sistema de tratamiento de aguas residuales. En términos generales, estas instalaciones eliminan sólidos, materia orgánica y contaminantes antes de devolver el agua tratada al medio natural. El proceso combina fases físicas, químicas y biológicas en las que intervienen microorganismos capaces de degradar la contaminación presente en el agua.
Sin embargo, este sistema depende de un equilibrio delicado. Rafael Marín, director de la Cátedra EMACSA de la Universidad de Córdoba, explica que las plantas de mayor tamaño suelen tener más capacidad para absorber los cambios bruscos de caudal. “Las grandes depuradoras pueden absorber mejor los picos de lluvia porque tienen más capacidad de regulación”, señala el experto.
El problema se hace más evidente en instalaciones pequeñas. En municipios con menos recursos, las infraestructuras suelen ser más limitadas y el margen de maniobra es mucho menor. Marín resume la situación con claridad: “En los municipios pequeños el problema no suele ser tecnológico, sino de recursos”.
Las lluvias afectan a las EDAR de dos maneras diferentes. En los primeros momentos de una tormenta, el agua arrastra la suciedad acumulada durante días o semanas en calles, parques y alcantarillas. Ese primer flujo llega a las depuradoras muy cargado de contaminantes, lo que obliga a trabajar al sistema al límite de su capacidad.
Cuando la lluvia se prolonga durante varios días, ocurre el fenómeno contrario. El agua que entra en la depuradora se vuelve mucho más diluida, con menos materia orgánica que procesar. Esto reduce la eficiencia del tratamiento biológico porque los microorganismos que degradan los contaminantes tienen menos “alimento” disponible para mantener su actividad.
Las grandes instalaciones suelen disponer de tanques de tormenta o sistemas de regulación que permiten amortiguar estas variaciones de caudal. Estos depósitos almacenan temporalmente el exceso de agua y la liberan poco a poco hacia el proceso de depuración, evitando colapsos en el sistema.
En cambio, muchas depuradoras pequeñas carecen de este tipo de infraestructuras. Por ello, algunos municipios están apostando por soluciones más simples y menos costosas. Entre ellas destacan las soluciones basadas en la naturaleza, como los humedales artificiales o los sistemas de lagunas, que utilizan procesos ecológicos para depurar el agua con menor consumo energético.
El estado de estas instalaciones también preocupa a organizaciones ecologistas. Un informe anual de Ecologistas en Acción, basado en datos públicos de la Junta de Andalucía, analizó 305 aglomeraciones urbanas de menos de 2.000 habitantes. El estudio concluye que algo más del 68,5% de las depuradoras cumplen la normativa, una mejora respecto al año anterior, aunque el panorama sigue siendo desigual.
Las diferencias territoriales y económicas siguen siendo uno de los principales desafíos para el sistema de saneamiento. Muchos municipios pequeños deben mantener infraestructuras complejas con presupuestos limitados. A ello se suman fenómenos como el turismo estacional, que puede multiplicar la población durante el verano y aumentar la presión sobre las EDAR.
En ese contexto, comprender cómo funcionan las EDAR resulta clave para anticipar los efectos del cambio climático y de los eventos meteorológicos extremos. Las depuradoras no solo tratan el agua residual de las ciudades: también actúan como una barrera fundamental para proteger los ríos, las costas y la salud pública.
Por eso, cada episodio de lluvias intensas no solo pone a prueba una infraestructura técnica. También revela las debilidades estructurales de un sistema que, aunque invisible para la mayoría de los ciudadanos, resulta esencial para el funcionamiento de la sociedad moderna.
Leer el artículo original en The Green Bee